Cada día recibimos titulares, vídeos, imágenes y mensajes que compiten por captar nuestra atención. Algunos informan; otros exageran, ocultan el contexto o intentan despertar una reacción inmediata. Y no siempre resulta fácil distinguirlos.
En este sentido, la clase de español puede convertirse en un espacio privilegiado para afrontar problemas de este tipo. Analizar la desinformación permite desarrollar el pensamiento crítico y, al mismo tiempo, practicar la comprensión lectora, la argumentación, el léxico especializado y la expresión de la duda.
Antes de comenzar, conviene aclarar una diferencia: la información errónea puede difundirse sin intención de engañar, mientras que la desinformación suele crearse o compartirse deliberadamente para manipular. En ambos casos, detenerse antes de creer o compartir cualquier dato es fundamental.
Las cinco preguntas clave
Esta infografía creada por la Fundación Maldita.es propone cinco preguntas sencillas que podemos convertir en una guía de lectura crítica.
1. ¿Quién está detrás?
El primer paso consiste en identificar la fuente.
Podemos pedir a los estudiantes que busquen el nombre del autor, el medio de publicación, la fecha y las fuentes citadas. También deben comprobar si existe una sección con información sobre la organización responsable.
Algunas preguntas útiles son:
- ¿Sabemos quién ha creado el mensaje?
- ¿El autor tiene conocimientos sobre el tema?
- ¿La publicación cita fuentes comprobables?
- ¿Otros medios fiables ofrecen la misma información?
Esta actividad permite practicar estructuras como según el artículo, la fuente afirma que, no queda claro quién o no existen pruebas de que.
2. ¿Qué se dice?
Un titular no cuenta toda la historia. Puede simplificar, exagerar o incluso contradecir el contenido de la noticia.
Los estudiantes pueden leer un texto completo y clasificar sus afirmaciones en cuatro categorías: hechos, opiniones, predicciones y sátira. Después deberán explicar cuáles pueden verificarse y qué pruebas serían necesarias.
También podemos presentar un titular sensacionalista y pedir al grupo que lo reescriba con un tono neutral. Por ejemplo:
«¡El alimento milagroso que los médicos no quieren que conozcas!»
Una versión más informativa podría ser:
«Un estudio analiza los posibles beneficios de este alimento».
La transformación ayuda a reconocer exageraciones, generalizaciones y afirmaciones que carecen de pruebas.
3. ¿Cómo se presenta?
La forma de presentar un mensaje influye en nuestra reacción. Las mayúsculas, las imágenes dramáticas, los signos de exclamación y el lenguaje emocional pueden provocar miedo, indignación o entusiasmo antes de que comprobemos la información.
Podemos pedir a los estudiantes que localicen palabras como escándalo, increíble, urgente, secreto, peligroso o milagroso. Después pueden sustituirlas por expresiones más precisas.
También conviene analizar las imágenes:
- ¿Corresponden realmente al acontecimiento?
- ¿Se indica dónde y cuándo fueron tomadas?
- ¿Podrían estar recortadas o fuera de contexto?
- ¿Parecen generadas o modificadas mediante inteligencia artificial?
El objetivo no es desconfiar de todo, sino aprender a reconocer cuándo debemos detenernos y comprobar.
4. ¿A quién va dirigido?
La desinformación suele adaptarse a las preocupaciones, creencias y prejuicios de un público concreto. Además, tendemos a aceptar con mayor facilidad aquello que confirma lo que ya pensamos.
En pequeños grupos, los estudiantes pueden analizar el destinatario de un mensaje:
- ¿A qué tipo de persona intenta atraer?
- ¿Qué conocimientos o creencias presupone?
- ¿Qué emoción quiere provocar?
- ¿Por qué ese público podría compartirlo?
Esta parte favorece el uso de hipótesis: puede que se dirija a…, es posible que pretenda… o probablemente intenta convencer a…
5. ¿Por qué se ha creado?
Todo mensaje persigue algún propósito. Puede intentar informar o entretener, pero también vender, conseguir clics, persuadir o manipular.
Una actividad sencilla consiste en presentar varias publicaciones y pedir a los aprendices que identifiquen su intención. Después deberán justificar la respuesta utilizando elementos concretos del texto.
No basta con decir «es falso» o «es verdadero». Lo importante es explicar qué señales despiertan dudas y cómo podría comprobarse la información.
Una actividad para llevar al aula
Podemos organizar una sesión de aproximadamente 50 minutos:
- Activación: preguntar al grupo dónde suele informarse y qué le hace desconfiar de una publicación.
- Observación: presentar la infografía y comentar sus cinco preguntas.
- Investigación: entregar a cada equipo una noticia, publicación o mensaje previamente seleccionado.
- Análisis: aplicar las cinco preguntas y anotar las pruebas encontradas.
- Puesta en común: cada equipo presenta su conclusión y explica el proceso seguido.
- Producción: reescribir el contenido de forma clara, neutral y responsable.
Es importante emplear ejemplos adecuados para la edad y evitar reproducir contenidos dañinos sin contexto. Cuando se utilice un bulo, debe aparecer claramente identificado como material de análisis.
Adaptación por niveles
Para los niveles A2–B1, podemos trabajar con titulares breves, imágenes y vocabulario básico. El objetivo principal será distinguir hechos de opiniones y expresar acuerdo, desacuerdo o duda.
En B2, los estudiantes pueden comparar dos fuentes, reconocer el lenguaje persuasivo y participar en un debate.
En C1–C2, se pueden estudiar sesgos, eufemismos, presuposiciones, estrategias argumentativas y técnicas de manipulación discursiva.
Aprender español para participar en la sociedad
Trabajar la desinformación no significa únicamente enseñar a detectar noticias falsas. Significa formar lectores más atentos, capaces de formular preguntas, contrastar fuentes y justificar sus conclusiones.
La UNESCO recomienda que los estudiantes diferencien las opiniones de las afirmaciones verificables y documenten paso a paso sus comprobaciones. La Comisión Europea también ofrece orientaciones y actividades para promover la alfabetización digital desde la educación.
La próxima vez que una noticia nos sorprenda, indigne o confirme exactamente lo que pensamos, podemos recordar estas cinco preguntas:
¿Quién la publica? ¿Qué dice? ¿Cómo lo presenta? ¿A quién se dirige? ¿Por qué se ha creado?
A veces, la mejor defensa contra la desinformación consiste simplemente en detenerse antes de compartir.
Para seguir investigando
- Recursos didácticos de Maldita.es
- Material de la UNESCO sobre alfabetización mediática y desinformación
- Directrices de la Comisión Europea para docentes y educadores
Pregunta para los lectores: ¿Qué señal hace que desconfíes inmediatamente de una noticia?

Francisco Herrera es formador de profesores de español en varios programas universitarios y dirige la plataforma International House formacionele.com. También es el director del centro CLIC International House Cádiz.

