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¿Qué es el enfoque orientado a la acción?

En la actualidad, uno de los tratamientos metodológicos más relevantes para la enseñanza de idiomas es el enfoque orientado a la acción. En esencia, este método pone énfasis en el estudiante como agente social, motivándolo a participar en tareas y situaciones que reflejen la vida real. El objetivo principal, por lo tanto, es desarrollar la competencia comunicativa del aprendiz para que pueda actuar de forma eficaz en diversos contextos.

¿Por qué el enfoque orientado a la acción?

El enfoque orientado a la acción representa una evolución en la enseñanza, ya que promueve una participación activa de los estudiantes en su aprendizaje. Este enfoque, que se alinea con las directrices del Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas (MCER), enfatiza la importancia de usar la lengua como herramienta para realizar tareas auténticas y significativas, más allá de la simple adquisición de competencias lingüísticas.

Por su parte, en el enfoque por tareas, el currículo no se organiza por contenidos gramaticales, sino por actividades significativas que los alumnos deben realizar. Los contenidos lingüísticos necesarios para llevar a cabo estas tareas se trabajan de forma deductiva e inductiva durante el proceso de aprendizaje. En este sentido, las tareas deben reflejar situaciones auténticas y relevantes para los estudiantes, con la idea de fomentar un aprendizaje motivador. Por ejemplo, organizar un viaje, hacer una reclamación o redactar un currículum personal.

Contextualizar y dar input en clase de español

Además, antes de iniciar una tarea, es fundamental contextualizar y exponer a los alumnos a input lingüístico relacionado con la misma. Esto puede hacerse mediante textos, audios, vídeos o cualquier otro material auténtico que permita al estudiante familiarizarse con el contexto y el lenguaje necesario. En consecuencia, en esta fase, los docentes deben asegurarse de que los estudiantes pueden identificar los exponentes lingüísticos clave para realizar la tarea con éxito.

Por todo esto, la contextualización y el input deben verse como fases cruciales dentro del enfoque orientado a la acción. La primera etapa exige situar a los estudiantes en un contexto que les sea relevante, preparándolos para la acción. Se trata de crear un marco que motive y de sentido a la actividad lingüística. El input se refiere a la exposición a la lengua de manera comprensible, asegurando que los estudiantes cuenten con los recursos para las tareas. La presentación de contenidos lingüísticos se realiza de manera integrada, privilegiando el uso del idioma en contextos auténticos sobre el estudio aislado de la gramática y el vocabulario.

Descubrir y practicar con el enfoque orientado a la acción

Una vez contextualizada la tarea, el/la profesor/a guía a los estudiantes en el descubrimiento y la práctica de los contenidos lingüísticos necesarios. Por lo tanto, esto puede hacerse mediante actividades de concienciación, explicaciones gramaticales, ejercicios de relleno de huecos, etc. Es crucial que los aprendices sean conscientes de la utilidad de estos contenidos y puedan ponerlos en práctica de forma significativa dentro de la tarea final.

Asimismo, tras trabajar los contenidos lingüísticos, los estudiantes deben tener la oportunidad de practicarlos en actividades preparatorias y, finalmente, en la tarea final. En la práctica, se pueden realizar actividades más controladas y guiadas, mientras que en la tarea final los alumnos deben demostrar su capacidad para transferir lo aprendido a una situación más libre y auténtica. Por consiguiente, el profesor debe proporcionar un andamiaje adecuado en estas fases, ofreciendo realimentación y estrategias para que los alumnos puedan superar los obstáculos y desenvolverse con éxito en la tarea.

Situaciones de aprendizaje

De esta manera, las fases de práctica y transferencia permiten a los estudiantes experimentar con el idioma y aplicar lo aprendido en nuevas situaciones. La práctica puede variar desde actividades controladas hasta proyectos más abiertos que requieran una mayor autonomía por parte del alumno. La transferencia, por último, implica la capacidad de usar el idioma de manera flexible y creativa en diferentes contextos, demostrando así la interiorización de los contenidos y la competencia comunicativa adquirida.

En resumen, el enfoque orientado a la acción se centra en el estudiante como agente activo de su aprendizaje, promoviendo el uso del idioma de manera significativa y funcional. Este enfoque implica un cambio metodológico que pone énfasis en la acción, la interacción y el logro de tareas comunicativas reales.

Alejandro Tinoco formacionele

Este artículo ha sido escrito por Alejandro Tinoco, jefe de estudios de CLIC International House Cádiz y colaborador de los cursos para profesores de español como lengua extranjera en Formación ELE.

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